
Me presenté. Él se limitó a asentir y actuó como si supiera quién era yo. Me aferré a la manilla de la puerta cuando rodeamos una plaza, en la que convergían seis carreteras. Cuando enfilamos una de ellas, el sol quedó a mi espalda.El traje e chaqueta de color melocotón que se había comprado, y la blusa de seda a juego, empezaron a molestarme. Ella imaginaba que e hotel donde supuestamente se dirigían estaría al otro lado se la ciudad.Un tren de carretera (como llaman los australianos a un grupo de camiones con remolque circulando en convoy) pasó por su lado en dirección opuesta.Los camiones emergieron de repente de las ondulaciones que producía el calor en el aire, justo en el centro de la carretera. Nuestra heroína salió de su ensoñación cuando el conductor dió un golpe brusco de volante y dejamos la carretera para enfilar un camino de tierra desigual que se extendía durante kilómetros en medio de una niebla de polvo rojo. Ya no había camino frente a ellos. Iban haciendo eses entre los arbustos y dando tumbos por el accidentado desierto arenoso.
Ella sigue narrando, creo recordar, que la cabeza le rebotaba como si fuera una muñeca de trapo. Cada vez hacía más calor. Les rodeaba una planicie cobriza hasta donde alcanzaba la vista y se perdía en el horizonte. El maquillaje se ina derritiendo por el calor y el coloete rosado, le resbalaba por las mejillas. Habrían de concederme veinte minutos antes de la presentación, para arreglarme. ¡insistiría¡
Qué equivocada estaba....
Cuatro horas más tarde nos acercábamos a un cobertizo de hojalata ondulada-prosigue-. En el exterior ardía un pequeño fuego y dos mujeres aborígenesse levantaron al vernos. Ambas eran bajas y de median edad, iba escasamente vestidas y nos recibieron con una sonrisa. Cuando me bajé del jeep, mi chófer dijo: "Por cierto, soy el único que habla inglés. Seré tu intérprete, tu amigo. Outa se llamaba el chofer y mi "salvador".
Bueno, pensó con resignación. Así que más valía que intentara adaptarse, aunque en el fondo, sabía que no podría.
Las mujeres hablaban con asperos sonidos extraños que no parecían frases, sino palabras sueltas. El intérprete le explico que debía limpiarse para poder asistir a la reuníón. No comprendió a lo quie se refería. Era cierto que estaba echa una calamidad. Todos los miles de dólares que se había gastado en comprarse ropa nueva y joyas para nada. Le tendió un trozo de tela para envolverme el cuerpo, y queal desp'legarse apareció un harapo. Le dijeron que debíaquitarse la ropa y ponérselo. ¿Qué? ¿Habla en serio? Él repitió las instrucciones con severidad. Miró a su alrrededor buscanso un lugar donde cambiarse, no había ninguno. ¿Qué `podía hacer? Al final se quitó la ropa y la doblo con sumo cuidado, y se puso el atuendo nativo. Se sentía ridícula con aquel trapo descolorido y lameto haberse gastado el dinero en ropa "para causar buena impresión". El joven reapareció, también él se había cambiado. Ahora vestía igual que los demas. Recuerda nuestra amiga que se metió las joyas en un zapato, pero tambien le mandaron que se los quitara.
Un manto de espeso humo gris se elevó de los rescoldos cuando añadieron más maleza seca. La mujer de la cinta en el pelo cogió lo qe parecía el ala de un enorme halcón negro y lo habrió para formar un abanico. Lo agito frente a ella desde la cabeza a los pies. El humo se arremolinó sofocándola. Luego la mujer movió el dedo índice dibujando un círculo, lo que interpretó, como "date la vuelta". El ritual de huno se repitió a su epalda. Después le ìdieron que pasara por encima del fuego a través del humo.
Finalmente le dijeron que había quedado limpia y qe podía etrar en el cobertizo metálico. Cuando se dirigía a la entrada, vió que la misma mujer recogía todas sus cosas.Las sostuvo en alto sobre las llamas. Me miró, sonrió y dejó caer los tesoros que tenía en las manos. ¡Todas sus pertenencias arrojadas al fuego¡ Nuestra amiga se quedó helada, a pesar del calor sofocante que hacía. Por un momento su corazón dejó de latir. No pudo reaccionar porque la mujer la miraba con una expresión como que lo que había hecho, era un gesto de amistad. Como el que ofrece una muestra de hospitalidad.
Sólo después, comprendio la simbología que encerraba el acto de quitarme las valiosas joyas que ella consideraba tan necesarias. Aún le fataba aprender que, para aquella gente, el tiempo no tenía nada absolutamente que ver con las horas del reloj de oro y diamantes, entregado para siempre al fuego.
Mucho tiempo después comprendería que aquella liberación del apego a los objetos y a ciertas creencias era un paso imprescindible en mi desarrollo humano hacia el ser.
Entramos por el lado abierto del cobertizo. Su mirada fue atraída por el hombre que lucía el atuendo más trabajado de todos.
El hombr tendió sus manos hacia ella, sonriente. Cuando ella miró sus ojos negros y aterciopelados sentí una paz y seguridad absolutas. Crreo dijo, que tenía el rostro más amable que jamás he visto
Una mujer joven se le acercó a con una bandeja llena de piedras. Probablemente era un trozo de cartón,pero había un montón de piedras tan alto que no podía ver el recipiente. Outa la miró muy serio y le dijo:.Elige una." Elígela con acierto." "Tiene el poder de salvarte la vida."
Miró las pidras tremolando de miedo. Todas le parecían iguales. En ninguna vió nada en particular. Deseó`que alguna brillara o pareciera especial.No tuvo suerte, así que finfió. Cogió una al azar y como si de un triunfo se tratara,la levanto en alto en actitud triunfal.
Enlos rostros que la rodeaban se dibujaron sonrisas radiantes de aprobación, y se alegró metalmente: "¡He escogido la piedracorrecta"¡ pensó.
Después de esto, apagaron el fuego, recogieron sus escasas pertenencias y salieron al desierto.Sus morenos torsos, casi desnudos, brillaban bajo el fuerte sol mientras se colocaban en fila para el viaje. Al parecer,la reunión había concluído. Outa fue el último en salir, pero él tam,bién echó a andar. Tras recorrer unos metros, se volvió y le dijo:
-Ven, ns vamos.
-Adónde? -preguntó.
-De walkabout.
-¿Adónde?
Al interior de Australia.
-¡Fantástico¿ Cuánto dura eso?
- aproximadamente, tres cabios de Luna completos.
-¿Te refieres a caminar tres meses?
-Sí, tres meses, más o menos
Suspiró profundamente. Luego dijo a Outa, que permanecería inmóvil en la distancia.
Hoy no puedo ir con vosotros.Hoy no es un buen día, sencillamente.
Outa, le sonrió.
-Todo está en orden. Todo el mundo sabrá lo que necesita saber. Mi gente oyó tu grito de auxulio. Si alguién de la tribu hubera botado en tu contra, no harían este viaje. Te han puesto a prueba y te han aceptado. Es un honor escepcional que no puedo explicar. Debes vvir la experiencia. Es muy importante que lo hagas en esta vida. Has nacido para ello. La Divina Unidad ha intervenido; es tu mensaje. No puedo decirte mas...
"Ven. Síguenos.- Dió media vuelta y se alejó caminando.
Ella, se quedó allí parada, mirando el desierto australiano. No tenía zapatos, ni agua, ni comida. La temperatura del desierto en aquella época oscilaba entre los 38º y los 55 grados centígrados.
No quería ir. ¡ ¡Por supuesto que no podia irse¿ pensó Era un locura¡
Contempló al grupo, que seguía caminando y que cada vez parecía más pequeño. Las palabras exactas que pronuncié están grabadas en su memoria con tanta claridad como si fueran una hermosa incrustación en lustrosa madera. "De acuerdo, Dios ¡Sé que tienes un peculiar sentido del humor, pero esta vez de verda, que no te entiendo¡
Echó a andar en pos de la tribu de aborígenes que se llaman a sí mismo Los Auténticos.
Hasta aquí la segunda entrega de las memorias de la doctora. Más adelante, continuaré narrando las esperiencias inimaginables de los Auténticos a través del desierto.


No hay comentarios:
Publicar un comentario