miércoles, 2 de abril de 2008

JULIA DE LESPINASSE O MORIR DE AMOR


AÑO 1776
DE CÓMO UN AMOR TOTAL PUEDE LLENAR UNA VIDA AUN EN LA
AUSENCIA DEL SER AMADO.

JULIA DE LESPINASSE O MORIR DE AMOR
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Esta es la biografía de una de las interesantes figuras femeninas del siglo XVIII francés. Es una historia de amor ardiente que envuelve toda la vida de una persona y que queda plasmada en las más bellas cartas de amor que se han escrito jamás.
El 10 de Noviembre de 1732 Ambroise Basílica bautizaba a una niña, Julia Juana Leonor de Lespin asse, hija legítima de Claudia Lespinasse , burgués de Lyon, y de la señora Julia Navarre, su esposa. Algunos años más tarde una mano desconocida añadía una i a la palabra legítima, borraba las palabras "su esposa" y trazaba en el margen del libro de bautismo una cruz, signo de los nacidos ilegítimos.
Ni el señor Lespinasse ni su esposa existían y Julia y Claudia eran los nombres de una dama noble llamada Julia Claudia d,Albon, princesa de Yvetot, marquesa de Saint-Forgeux.
Pero ¿quién era el padre? La vida de la señora d,Albon no era precisamente ejemplar. Casada a los dieciséis años, el matrimonio duró trece años, al final de los cuales el marido abandonó a su esposa con una hija llamada Diana y un hijo.
En el siglo XVIII, en Francia, el que una mujer tuviese un amante no era mal visto, todo consistía en si era o no era noble o de buena familia; el hecho en sí carecía de importancia. Julia D,Albon tuvo un hijo en 1731, que años después se hizo fraile y desapareció de la historia. Veinte meses después volvía a dar a luz una niña, que es la que fue bautizada el 10 de Noviembre de 1732. Los dos hijos eran de diferente padre; del primero no se sabe nada, del segundo se supo mucho después que era Gaspar de Vichy, pariente lejano de Julia D,Albon. Más tarde Gaspar rompió con su amante en forma dramática pues se casó con su hija Diana. Como se ve, los líos familiares, no son invención de las series televisivas actuales. Más todavía. Julia de Lespinasse es acogida por su madre, que cuida de ella hasta su muerte. Pasa a entonces a vivir con el matrimonio formado por Gaspar de Vichy y su hermana Diana, es decir, con su padre, que es al propio tiempo su cuñado. La reacción de éste fue incomprensible y brutal. Trata a su hija de una forma innoble y desconsiderada, hasta el punto de que en la familia, sólo encuentra consuelo en la persona de su medio hermano Abel, hijo de Gaspar y Diana, que toda su vida conservará para Julia un amor sensible y fraternal.
De pronto, en ese lío familiar aparece un nuevo personaje. Es María de Vichy, marquesa du Deffand, hermana de Gaspar. Tenía en Parías un salón en donde se reunía la gente más refinada de Francia. Era un ambiente elegantemente escéptico, irónicamente vicioso, en el que la virtud era considerada como algo ridículo y el vicio, consentido y animado a condición de que fuese frívolo. En este salón se decía por ejemplo:"El Marqués de M… es insoportable, acaricia siempre a su esposa ante todo el mundo, siempre tiene algo que decirle, parece que sea su amante y por lo tanto es de un infinito ridículo". Como puede suponerse, en este ambiente la fidelidad conyugal era un defecto imperdonable y tener una amante una obligación social.
Madame du Deffand se había casado, como es lógico y natural, y, como era natural y lógico, se había separado de su marido. Es célebre la carta que le escribió poco después de su separación:"Amigo: os escribo porque no sé que hacer y no continuo porque no sé que deciros". Como correspondencia entre esposos es todo un ejemplo.
Madame du Deffand perdía la vista y coquetamente no quería confesarlo. Cuando llegó a casa de su hermano Gaspar, encontró en Julia de Lespinasse una oyente perfecta y una no menos perfecta lectora. Conocedora del parentesco bastardo que las unía decidió, al volver a París, llevarse a Julia consigo como compañera y amiga. Una amiga un poco especial puesto que madame du Deffand exigía a sus amistades una devoción total y un sometimiento total a su amistad.
Julia entró así, en el salón más refinado de París.No era bella, pero sí atractiva. Era inteligente, sabía escuchar, era culta, sabía intervenir con gracia y acierto en la conversación; era pues, un perfecto ornamento en el salón de su protectora, en el que figuraban personajes como el presidente Henault, el marqués D,Ussé, el caballero d,Aydié, hombres de cierta edad para los cuales la gracia joven de la señorita de Lespinasse era un signo de rejuvenecimiento. Algunos jóvenes, también tenían acceso al codiciado salón, uno de ellos fue el irlandés Theobald de Taafe, el cual inició un idilio con Julia, al parecer correspondido, pero que fue cortado en seco por madame du Deffand que dio orden a Julia, de retirarse durante unos días a su habitación. La medida parecía injusta a la señorita de Lespinasse y, según unos en un intento de suicidio y según otros para calmar sus nervios, tomó unas fuertes dosis de jarabe de opio, lo que le causó transtornosy, lo que es peor, una adicción que le duró toda la vida y que sin duda fue la causa de la brevedad de la misma.
Otro personaje importante en el salón y en la vida de Julia fue D,Alembert, personalidad importante en el mundo intelectual, uno de los directores de la célebre Enciclopedia, cuyo prólogo escribió y que tal vez es lo más importante de la obra.Era hombre más bien adusto, preocupado por la técnica y la ciencia que, de origen bastardo como Julia, cubría su inferioridad de nacimiento con un profundo escepticismo y un aparente desprecio por la sociedad. Era hijo de la marquesa de Tencin, que lo abandonó a la puerta de una iglesia, siendo recogido por su padre el caballero Destouches. Al ser célebre, la marquesa de Tencin quiso reconocerle, a lo que se negó el joven D,Alembert aduciendo que ahora era él , el que no quería reconocer a su madre.
Junto con D,Alembert otros jóvenes solían pasar por la habitación de Julia, antes de ir al salón de Madame Du Deffand, que vaía que cada día llegaban más tarde a su reunión; enterada del caso, riñó con Julia de forma muy desagradable, pues lo que menos podía perdonar a su protegida era la competencia a su salón. Julia quiso hacer las paces con madame du Deffand, pero ella se negó, lo que produjo la ruptura entre las dos mujeres.
Julia, se vió en la obligación de abandonar la casa de madame du Deffand e instalarse por su cuenta, lo que hizo en un modesto segundo piso en la misma calle, en la que estaba el convento de San José, en el que se había instalado desde hacía años su antigua protectora.
Los amigos de Julia abandonaron el antiguo salón, para trasladarse al suyo, y no sólo eso, sino que, con buen corazón, la ayudaron económicamente, para que se instalase con decoro.
Cuando todo parecía ya arreglado, Julia cae enferma de viruela. Amigo solícito, D,Alembert no se aparte de su lado y la cuida con cariño y mimo. De la enfermedad queda con la vista debilitada y con las consiguientes señales en su cara. Cuando se hubo restablecido del todo, le toca el turno a D,Alembert de caer enfermo de una fiebre infecciosa; es entonces Julia quién le cuida y al final le convence de que abandone el zaquizamí en que vivía para trasñadarse a un piso superior al suyo, más aireado e higiénico. El hecho, que podía haber dado lugar a murmuraciones, no las produjo pues, cosa rara, todo el mundo vió en ello una prueba de sana amistad.
Parecía que entonces se iniciaba para Julia una vida serena y apacible, cuando apareció en su salón un joven español que produjo en el corazón de Julia una impresión indeleble. Era el marqués de Mora, hijo del conde de Fuentes, que a los doce años, le habían casado con la hija del conde de Aranda, Pedro Abarca de Bolea. Como es natural, no hizo vida marital con su esposa hasta los 16 años, pero dos años después de enamoró de una actríz, María Ladvenant, con gran escándalo de la familia, lo que dió lugar a que sus padres, le alejasen de Madrid, enviándole a Zaragoza, en donde recibió la noticia, que su esposa, había muerto al parir un hijo.Cuando el conde de Fuentes, fue nombrado embajador de España en Francia, se lo llevó con él. Mora tuvo algunas aventuras galantes, como correspondía a su edad, y en el ambiente en el que se encontraba, conoció a Julia de Lespinasse, pero no tuvo mucho tiempo de frecuentar su salón, porque tuvo que volver a Madrid.
De carácter mellancólico, debido quizás a la tuberculosis que empezaba a minarlo,, coquetea para distraerse, con la duquesa de Huesca que, curiosamente, se casaría, más tarde, con el padre de Mora. Se traslada a Barcelona con el grado de coronel y allí se entera de la muerte de su hijo, debido a la viruela. Abandona España, y otra vez vuelve a París y se encuentra nuevamente con Julia de Lespinasse. Ella tiene treinta y cinco años, Mora veintitrés, y la amistad que les une, acaba por transformarse en amor.:"fueron las horas más hermosas de mi vida", escribiría más tarde Julia, pero la vida de Mora no va a durar mucho. Viaja de París a Madrid, vuelve a París, retorna a Barcelona, pasa por Valencia en busca de un clima favorable a sus pulmones y regresa otra vez a la capital francesa, sabiendo que se despide para siempre de Julia de Lespinasse, quién está convencida, que la felicidad no se ha hecho para ella.
Pero de pronto, surge en el salon de Julia un nuevo personaje: es el conde de Guibert.Coronela los veintinueve años, es hombre inteligente, culto y amable, el cual sugestiona a la señorita de Lespinasse, con su comprensión y su afabilidad, que se transforma insensiblemente en amor
Guibert tiene que viajar, ovligado por su profesión, y Julia le escribe con asiduidad unas cartas de amor, que son las más bellas quizá que se hayan escrito. Son tan íntimas, que Julia pide a Guibert que las destruya una vez las haya leído. Por suerte no hizo caso de las recomendaciones y gracias a ello, podemos tener el placer de leerlas con emoción.
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