
Había transcurrido una corta distancia cuando notó un dolor punzante en los pies.Miró hacia abajo y vió que le asomaban unas espinas. Se las arrancó, pero cada vez que daba un paso se las clavaba más.Outa se detubo para esperarla, la expresión de su rostro parecía más comprensiva cuando dijo:"Olvídate del dolor, sácate las espinas cuando acampemos. Fija la atención en otra cosa, Después nos ocuparemos de tus pies.´Ahora no puedes
hacer nada. Al cabo de un rato se detuvieron para descansar un momento y descubrió que casi todas las puntas se habían partido. Los cortes sangraban y las espinas se le habían metido debajo de la piel. Caminábamos sobre spinifex. Es lo que los botánicos llaman hierba de playa, que se aferra a la arena y sobrevive donde hay poca aguagracias a sus hojas afiladas como cuchillos.Caminábamos en completo silencio. Parecía muy extraño que nadie dijera nada. Sin previo aviso, la columna dejo de caminar hacia el frente y se desvió. Me cogieron por sorpresa; no se había dado ninguna instrucción de variar el rumbo. Todo el mundo pareció darse cuenta menos yo. Caminaban sin rumbo en el desierto. Eso es lo que ella
creía, más adelante se daría cuenta del método de comunicarse entre ellos. No se decían nada, pero se comunicaban por telepatía, digo bien por telepatía. Esas gentes que me parecieron tan ignorantes me tendrían que dar lecciones de lo eficaces que eran sus costumbres.
Por fín llegó el momento de detenerse para pasar la noche
Inmediatamente todos tuvieron algo en qué ocuparse. Encendieron un fuego sin utilizar cerillas. Yo nunca había intentado hacer fuego dando vueltas a un palito en un agujero. En cambio aquella gente era muy experta. Algunos recogieron leña, otros plantas.
Una mujer muy anciana se acercó a mí.Parecía tan vieja como mi abuela, que pasaba ya de los noventa.Unas suaves arrugas llenaban su rostro de pliegues. Su cuerpo era esbelto, fuerte y flexible, pero tenía los pies tan secos y duros que parecían pezuñas. La anciana se quitó una pequeña bolsa de piel que llevaba atada a la cintura y vertió algo que parecía vaselina descolorida en la palma de la mano, Se enteró de que era un ungüento de aceite de hojas. Señaló sus pies y ella asentió a su oferta de ayuda.La mujer se sentó frente a ella, puso sus pies en su regazo, le frotó el ungüento en las llagas hinchadas y entonó una canción. Era una melodía tranquilizadora, casi como una nana. Le preguntó a Outa cual era su significado.
"Le está pidiendo perdón a tus pies" -le contestó-.Les dice que los aprecias mucho. Les dice que todo el mundo en el grupo aprecia tus pies, y les pide que se pongan buenos y fuertes. Hace sonidos especiales para curar heridas y cortes. Pide que tus pies se vuelvan fuertes y duros."
No fueron imaginaciones suyas. Realmente notó que la quemazón, el escozor y el dolor de las llagas empezaban a aplacarse, y sintió un alivio progresivo. Mientras la doctora permanecia sentada con los pies en aquel regazo maternal, su mente desafió la realidad de aquella experiencia. ¿Cómo había ocurrido? ¿Dónde había comenzado?
La invreíble mezcla oleaginosa curativa, que se hacía cociendo hojas y eliminando el residuo del aceite, hizo su efecto. finalmente el alivio que notó en sus pies le dió el valor necesario para pensar en volver a levantarse. Un poco más lejos, a su derecha, había un grupo de mujeres
que parecían haber montado una cadena de producción. Recogían grandes hojas; mientras una
urgaba en los matorrales y árboles muertos con un largo palo, otra sacaba un puñado de algoque parecían haber montado una cadena de producción. Recogían grandes hojas; mientras una
y lo ponía sobre una hoja.Luego se tapaba el contenido con una segunda hoja y se doblaba todo
para entregar el paquete a otro que echaba a correr hacia la fogata y que lo enterraba entre las brasas. La doctora sintió curiosidad. Aquélla iba a ser la primera comida juntos, el menú sobre el que se había estado preguntando durante semanas. Se acercó cojeando para verlo más de cerca y se quedó atónita. La mano que hurgaba sostenía un largo gusano blanco.Volvió a respirar hondo. Había perdido la cuenta del número de veces que se había quedado sin habla durante el día. Una cosa era segura: ¡jamás llegaría a estar tan hambrienta como para comerse un gusano¡ Pero en aquel mismo momentoestaba aprendiendo una lección; nunca digas "jamás". Desde etonces intentó borrar esa palabra de su vocabulario. Aprendió que prefería ciertas cosas y que otras las evitaba, pero la palabra "jamás" no dea espacio para las situaciones inesperadas, y "jamás" indica un lapso de tiempo demasiado largo.
Las noches eran un aténtico gozo entre la gente de la tribu; contaban historias,cantaban, bailaban, jugaban y tenían conversaciones íntimas. Fueron unos días de aunténtica participación.
Aquella noche le explicaron que les habían llegado noticias de mi trabajo con los aborígenes urbanos. A pesar de que aquellos jóvenes no eran nativos al ciento por ciento y no pertenecían a su tribu, mi trabajo les había demostrado que realmente le importaba. Me habían llamado porque ellos creían que ella les estaba pidiendo ayuda. Comprobaron que sus intenciones eran sinceras. El problema era que, tal como ellos lo veían, ella no comprendía la cultura aborígen y menos aún el código de aquella tribu. Las ceremonias iniciales habían sido pruebas, por las que la consideraron aceptable y digna de adquirir el conocimiento de la auténtica relación de los humanos con el mundo que vivimos, con el mundo del más allá, con la dimensión de la que procedemos y la dimensión a la que todos habremos de regresar. Iba a serle revelada la comprensión de supropia existencia.
Outa dijo algo al grupo y cada uno de sus componentes le dijo algo.La informaban de sus nombres.Las palabras le resultaban difíciles, pero afortunadamente los nombres tenían significado. Ellos no usaban los nombres del mismo modo en que nosotros usaríamos "Debbie" o ""Cody" en Estados Unidos, así que relaconó a cada persona con el significado de su nombre en lugar de intentar pronunciar la palabra en sí. Cada uno de los suyos, recibe un nombre al nacer,, pero se sobreentiende que lo perderá cuando crezca y que eligirá un apodo más apropiado por sí mismo. Es de esperar que el nombre de cada persona cambiará varias veces durante su vida a medida que su sabiduría, su creatividad y sus objetivos se definan asimismo con mayor claridad al transcurrir el tiempo. En nuestro grupo se hallaban Cuentista, Hacedor de Herramientas, Guardiana de los Secretos, aestra en Costuray Gran Muica, entre otros muchos.
Finalmente Outa me señaló y repitió la misma palabra a cada uno de ellos. Creyó que intentaban aprender mi nombre de pila, pero luego pensó que lo que intentaban pronunciar era su apellido.
Erraba en ambos casos. La palabra que usaron aquella noche, y el nombre por el que siguieron
nombrandola durante el resto del viaje, due "Mutante".
Outa le dijo que en algunas naciones aborígenes sólo usaban ocho nombres en total; era más bien un sistema de enumeración. Consideraban que todas las personas de la misma generación y el mismo sexo tenían iogual parentesco, por lo que todos tenían varios padres, madres, hermanos, etc.
Después de las presentaciones compartimos una bolsa de té de roca aborígen. Se hacía echando rocas calientes en un recipiente de preciosa agua. El recipiente había servido previamente como vejiga de algún animal. Se añadían luego hierbas silvestres al agua caliente y se dejaba reposar hasta que alcanzaba su punto. Este extraordinario recipiente fue pasando de uno en unoen ambos sentidos.¡ Estaba buenísimo¡
Según descubrió el té de roca de la tribu se reservaba para ocasiones especiales, como el término de su primer dia de caminata. Eran una celebración, un modo de reconocer el esfuerzo del grupo. Sentían que se estaba impregnando de su espíritu aborígen.
Después cada cual se puso a aplanar su franja de arena y sacó un atado de pieles de animales enrolladas del fardo común que transportaban. Una anciana la había estado mirando toda la noche con rostro inexpresivo.
-¿En qué está pensando? -le preguntó a Outa.
-En que has perdido el olor a flores y en que problablemente provienes del espacio exterior.- Sonrió y ella le entregó su atado de pieles. Su nombre era Maestra de Costura-. Es de dingo-le advirtió Outa. Ella sabía que el digno era el perro salvaje de Australia, similar al coyote o al lobo-.
-Lo puedes usar para ponértelo debajo, en el suelo, para cubrirte o para apoyar la cabeza.- Le advirtó Outa. Hacía años que no había dormido en el suelo. Era curioso que el cielo siguiera siendo igual. Supuso que no es había presado demasiada atención a los cuerpos celestes a lo largo de los años. Sobre su caeza había un dosel de cobalto salpicado de plata. Veía claramente la forma que se representaba en la bandera australiana, conocidacomo Cruz del Sur.




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